Un Peblo sin Dios

Un Pueblo sin Dios

Ricardo Enrique M.

No cumplía yo la década cuando de la escuela Manuel López Cotilla las maestras nos llevaron a ver “Un pueblo sin Dios”, pero, más que ver la película, yo la sentí en lo profundo, porque la miseria de aquel pueblo ficticio era la que imperaba en el mío: las mismas tres calles oscuras con su sacerdote y sus cantineros, se sucedían los pleitos y las enfermedades, la miseria y las
catástrofes naturales como inconfundible señal de abandono.
Huejuquilla era un pueblo agrícola/ganadero y a mí me tocó nacer en una familia de labradores sin tierra, por cuyo oficio nos ganamos el calificativo de
“medieros”. Ser mediero significaba trabajar en el campo los veranos y en lo que se pudiera el resto del año. La cosechas venían según el temporal y había que compartirlas con el patrón y pagar las deudas. El trabajo no era seguro.
Lo que sí abundaban era el ocio, la resignación, la frase “ni modo”. Muchos gastaban el poco dinero en alcohol creyendo poder romper así aquella rutina.
En ese mundo me crié y no recuerdo haber pensado en estudios que fueran más allá de la primaria. En cambio, sí albergaba en el corazón la esperanza de
crecer, de llegar a beber mucho para sentirme libre, alegre y ver todo bonito. La plaza y la calle fueron mi verdadera escuela. Hice mío un repertorio de
canciones tristes que me ayudaron a expresar lo que venía callando y hasta lo que estaba por vivir. ¡Cómo añoraba ser grande, fuerte, gritón: un Jorge Negrete! Fui como el actor que escribe su propio guión, que diseña la coreografía, el vestuario y escoge la música. Todo.

El candidato a bebedor nunca y siempre está listo. De tanto planearlo, un día cualquiera se le atraviesa la botella y experimenta los efectos que habían cautivado su mente. A mí la oportunidad se me presentó a los 8 ó 10 años de edad, durante una fiesta de vecinos en la que sobraban la cerveza y el tequila. De inmediato me adapté a su sabor amargo. Adiós miedos y tristezas. Bien venida la liberación. Se me destrabó la lengua, grité con las canciones de José Alfredo Jiménez y quebré botellas contra la cerca.
El niño asustado se volvió desobediente. Desde ese día mis padres me rogaban para que cumpliera con mis deberes de hijo. Mis nuevos amigos alimentaron mi rebeldía celebrándome todo lo que les caía en gracia, cosa nada rara cuando me parecía que todo bebedor de mi camada debía ser así. Mis padres eran los equivocados. Yo no. Había avanzado en los escalones de
la vida e, incluso, me sentí superior a los muchachos mayores, especialmente a aquellos que le daban su importancia a los asuntos de iglesia sirviendo de
monaguillos o de simples feligreses.
Gané fama de valiente y arriezgado (o esa era mi idea), pero bajó mi rendimiento en la escuela como mi producción en mi trabajo. Me refugié en el ocio.

Eran los años 70 y las costumbres de los hippies nos llegaron a Huejuquilla con 10 años de retraso, pero su vestimenta y sus ideas nos parecieron renovadoras en un ambiente netamente rural. Me dejé crecer el pelo. ¡Qué lástima no haber podido cultivar una barba al estilo de Cristo. ¿Por qué salí lampiño? Pero unas deficiencias se compensan con la invención y en esto el alcohólico se luce. A mis pantalones viejos les metí cuchillas de colores para que parecieran “de campana”. Nos emborrachamos al ritmo de los Teen Tops, tarareamos las canciones traducidas al español en la voces de Alberto Vásquez y de Enrique Guzmán. ¿Quién se iba a acordar de la escuela? Nadie, cuando menos en mi gremio, nadie.
No me sorprendía que cualquier mañana, camino a la escuela, alguien, desde el mostrador de una cantina, me invitara a tomar. Por ética estudiantil (porque
todavía creía tener ética), yo le decía que no, no ahora, tal vez por la tarde, a la salida. Pero el bebedor me invitaba ahora y se sucitaba el intercambio
de palabras que eran más un viejo juego de palabras que un verdadero debate:
-Ándale, una no es ninguna.
-Ya te dije que voy a la escuela.
-Pero, hombre, si ustedes nunca se rajan.
-No es que me raje…
-Ah, no seas gallina.
-Bueno, nomás una, pués.
Una borracho no puede engañar a otro. Los dos sabíamos que a la primera la seguía la segunda y así, sucesivamente, hasta que el alcohol me subía a la
cabeza. A la tercera o cuarta optaba por no presentarme en la escuela a fin de evitar que me oliera el tufo la maestra. Al cabo que ni siquiera llevaba la tarea. Era preferible que me anotara la falta a que me fuera a acusar de borracho ante mis padres. Mas ¿quién iba a pensar que la acumulación de faltas de veras me iba a poner al borde de la expusión? Me presenté tomado. Traté de ahuyentar el aliento alcohólico con chicles de hierba buena, copié tareas de diferentes pupitres a la vez sin el consentimiento de mis compañeros y saqué las peores
calificaciones del salón. La vergüenza me hacía beber más. En los recreos subía a la azotea a beber tragos de una botella de tequila que había escondido con antelación.
Pero como dice el poema “Por que me quité del vicio”, “una mañana” inesperada la Madre Superiora me llamó a su oficina. Ahí estaban los maestros de las diferentes materias, serios, pensativos. La única silla vacía era
la que me esperaba. Cada uno fue dando su reporte, nada favorable, sobre la conducta de quien esto escribe. No había ninguna señal de sobrevivencia
académica y yo lo adivinaba desde el principio porque cada quien sabe de que tamaño es el costal que lleva dentro. No supe por qué no hice algo al respecto
antes.
De la oficina, salí chiflando para espantar mi miedo a la reacción de mis padres. Yo era su hijo mayor. En mi habían depositado todas sus esperanzas. Querían que fuera doctor, abogado, ingeniero, cualquier cosa de provecho para ellos y para mí. Les dije que me habían corrido. No me dijeron nada. Me dio gusto. Fue inecesario explicarles las excusas que había tramado en el camino, pero, a la larga, su silencio fue el peor regaño que he recibido.
Me sentí chiva descarriada en las mañanas que vi a mis ex-compañeros de escuela caminar con sus libros bajo el brazo. Ya ni la mirada me dirigían, mucho menos un saludo. Ese aislamiento me duró algunas semanas y no hallaba qué hacer con tanto tiempo encima. Mas no contaba con la astucia de mis amigos de parranda, quienes, corteses, risueños, acudieron a mi rescate. Dijeron que mi expulsión de la escuela no era razón para avergonzarme, sino una liberación digna de celebrarse con una botella. Me dijeron que a don
Fulano de nada le sirvió el estudio y que más de un profesional había terminado de agricultor o comerciante. Bebí, maltraté en voz alta a los maestros y me reí de los estudiantes. Me sentí grande. ¡Ah, como perdían su tiempo quienes se admiraban de nosotros!

Con mi seudoindependencia vinieron los recortes en el dinero que me daban mis padres los domingos. Me dijeron que nada merecía. Hubo constantes reclamos sobre mi modo de beber y mi rechazo hacia nuestros parientes y hacia nuestras costumbres. Fui inmune a sus críticas al principio.
Luego perdí todo control sobre mi vida. Si trabajé (en la obra) fue porque tenía cansados con mis peticiones intransigentes a los cantineros y a la gente que se compadece de los borrachos dándoles un trago. Trabajé en la construcción de la presa de Huejuquilla. Mis herramientas fueron el pico, la pala y unas manos que comenzaban a temblar como consecuencia de mi alcoholismo y como continuación de una parálisis que me mantuvo tullido durante los
primeros años de mi vida. Era un trabajo extenuante, duro para mi condición de borracho adolescente.
Recibía cheques quincenales para entregarlos, ahí mismo, a los cantineros que nada olvidan y que nada perdonan (en lo que a deudas respecta). Llegaron las lluvias de junio. Se acercaba la graduación de los estudiantes que me rebasaron en uno de los tantos grados que reprobé.
Tarde me di cuenta de mi error. Fue el albañil Emilio O. quien me hizo notar que muchos aspirantes a profesionales estaban tramitando documentación para continuar estudios en Guadalajara y en Zacatecas. “¿Y tu qué… piensas?” Me dijo, “¿Dedicarte al pico y a la pala toda tu vida? ¿Quieres acabar de pedo como nosotros? Ah, cómo serás…” Traté de defender mi reputación de supuesto bebedor controlado y me habló más fuerte. No supe si me estaba criticando o me estaba hablando con confianza. Tuve que escucharlo y esa tarde no pude beber. Me fui directamente a la casa y, encerrado, pensé mucho en mis equivocaciones, en mis fracasos, pero no encontré respuestas, sólo limitaciones, limitaciones de todo tipo, por todos lados. Tal vez mi plática con Emilio fue una bien intecionada invitación a salir del precipicio, quizás la Madre Superiora y los maestros me expulsaron para darme una lección, pero me sucedió lo mismo que a la mayoría de la gente bebedora que se queja y sigue bebiendo para ahogar el sentimiento de
culpa.
Beber es mi destino, pensé, porque en un pueblo como Huejuquilla, tan alejado de todo, como el pueblo de la película, no se podían esperar milagros. Y uno sigue viviendo así porque no hay otro modo de vivir, o no lo ve. Los amigos, el ambiente, la costumbre, son tantas cosas las que lo atan a uno a su rutina que los ratos de lucidez se desvanecen tan pronto como llegan. Yo cargué con la culpa de mi equivocación mientras me empecinaba en seguir impresionando a mis amigos y en engañar a la gente de buen vivir. En realidad me engañaba a mí mismo, porque, como dice el dicho, “entre gitanos no nos podemos leer la suerte” y la verdadera inteligencia radica en el autocontrol.
Me dolió mucho recibir el rechazo de la gente normal, pero el rechazo de los cantineros y de los bebedores “normales” me destrozó. Entonces sí me sentí un bebedor devaluado y supe que sería un bebedor solitario los días que me tocara vivir. Ya no me importó lo que la gente dijera de mí. A esa altura, o mejor dicho, en ese fondo,  poco importa dormir en la casa o fuera. Da lo mismo andar sucio que limpio. La preocupación, la exigencia, es conseguir el próximo trago.

En ese trance me pasé gran parte de mi juventud. Mis ex-compañeros regresaron profesionales y yo “en las mismas”, decía mi abuela “¿luego, qué piensas?” No pensaba. Me resigné a las malas rachas económicas, laborales, morales y amorosas que suelen ser inseparables compañeras del asiduo bebedor.
Lo que vino a estremecer las fibras de mi inconsciencia fue la noticia de que a Huejuquilla había llegado el “remedio” contra la enfermedad médicamente conocida como alcoholismo y hoy no me ofende ni me sorprende haber sido uno de los primeros prospectos.
En Huejuquilla éramos muy afectos a las novedades. Colmábamos de antenciones a las visitas, celebrábamos la llegada de algún producto o servicio, hacíamos fiestas con bombas y platillos. Ahora “el remedio” era
el mensaje de Alcohólicos Anónimos, pero nadie, aparte de un reducidísimo grupito, lo recibió como tal porque su portador no podía ser otro que un ex-bebedor.
¿Quién quería arruinar su poca o mucha reputación juntándose con la gente de mi gremio, con aquellas sombras robotizadas que nos deslizábamos por los
callejones a cualquier hora del día o de la noche? En un principio ni yo. De modo que el crecimiento de Alcohólicos Anónimos en el pueblo se fue dando por invitación personal, con ruegos (¡miren qué lujo!) y yo fui de los invitados aquel 1981 aunque tardé una año en quedarme, un año en el que bebí a sabiendas de que me autodestruía.
Al principio fue difícil reconocer que si paraba de beber hoy, durante 24 horas, mañana me iba a sentir bien y que mi restablecimiento iría en aumento. Había
tanto por aprender y por restaurar que sólo por sugerencia y ejemplo de los iniciadores pude tomar las cosas con calma. Por lo pronto, estaba sin beber y
comenzaba a mirar al pueblo con nuevos ojos y eso era mi haber una inesperada ganancia. En vez de seguir quejándome de mi situación personal me dio por visitar ex-compañeros de parranda para contarles cómo me
sentía y qué fuerza estaba provocando en mí ese reconfortante sentimiento de libertad. Unas veces me llevaba el propósito de invitarlos a una reunión, otras la intención de reparar daños a los vecinos, porque los borrachos ofendimos a quien se nos atravesaba. “Qué bueno que dejaste de beber”, me decían “ya te hacía falta”, “hasta los perros se alegran”. Las respuestas y los comentarios variaban, pero mis padrinos decían que esto era así y que lo importante era continuar.

Poco a poco fui dándome cuenta de que el pueblo de la película era un pueblo neutral y que el sufrimiento o la felicidad de sus personajes era un reflejo de su
propia condición de vida. En ese sentido, como alcohólico anónimo, llego hoy a la conclusión de que Huejuquilla era un reflejo mío, de lo que yo hacía o
dejaba de hacer, de mi modo de pensar, de hablar, de ser.
Está claro que no podía hacer nada por cambiar las circunstancias que se desarrollaban en la trama de la cinta, era ficción, pero sí podía transformar mi
relación de individuo con el municipio si comenzaba a cambiar yo, ya. Era mi deber.
Me dijeron mis padrinos del grupo que en ese esfuerzo de transformación el Poder Superior sería mi cómplice, si yo quería, porque en Alcohólicos Anónimos a nadie se le forza a nada, se le sugiere y cuando lo pide. Me dio risa porque me pareció un tanto tonta la expresión “Poder Superior”. ¿Quién era el Poder Superior? ¿Dios?
Los co-fundadores del grupo notaron mi ecepticismo. Me dijeron que no era el concepto del dios castigador, sentencioso o impositivo que yo traía, sino un concepto nuevo, pero, a  la vez, viejo, una fuerza que rebasaba cualquier definición de la que yo tuviera memoria, porque a éste poder no se le definía con palabras sino en la acción.
Estas palabras reveladoras cobraban sentido a diario en las reuniones, en la lectura de los “Doce pasos”, de las “Doce tradiciones”, en la constante convivencia con la gente del pueblo que seguía sin entender la naturaleza de mi “remedio”, pero que se alegraba de que me hubiera hecho provecho.
Han pasado más de tres décadas desde que vi aquella película memorable y más de dos desde que llegó el mensaje a Huejuquilla. Huejuquilla, como pueblo, sigue siendo el pueblo que tiene que ser, con sus problemas sociales, con sus aciertos, con su devenir, un pueblo del que formo parte indivisible. Estoy consciente de que, de seguir bebiendo, lejos de contribuir a su tranquilidad, a su desarrollo y la superación de sus habitantes y mía, no haría mas que transportar la problemática de la película “Un pueblo sin Dios”, a la realidad. Pero Huejuquilla no es un pueblo abandonado. Esa era mi idea, mi sentir, mi perspectiva, lo he aprendido en Alcohólicos Anónimos, lo he comprobado tras haber puesto a prueba el poder del Poder Superior que me sacó de beber.

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2 respuestas a Un Peblo sin Dios

  1. ROCIO LALON dijo:

    La unica y verdadera solucion es Alcoholicos Anonimos, muy fortalecedora la historia me identifico muchisimo

  2. Maria DN dijo:

    Excelente historia y un ejemplo para las familias de los alcoholicos, hay esperanza en alcoholicos anonimos. Una vida mas arrancada de las garras del demonio del alcohol y un triunfo primeramente de Un Poder Superior, de AA y del autor de esta historia. Excelente!

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